UNA VUELTA DE GOLF

Empiezo en esta ocasión con una disculpa y una advertencia:

La disculpa: Lo acabo de ver… Se me ha ido de la mano la extensión de esta entrega. Mil disculpas. No es para lectura en el móvil… Si logras llegar al final, te llevará unos 8 minutos, así que mejor déjalo para cuando tengas un rato.

La advertencia: Esta sección de divagaciones que inauguro es muy personal y contiene opiniones que pueden no ser compartidas o de interés limitado. Pero como son las mías, pues ahí quedan. Todo muy personal. Si solo buscas información ésta no es tu sección. Advertidos.

Para el que, dicho lo anterior, decida seguir, vamos a ello.

11:50 Tee del 1. Listo para salir. Tres tees, un marcador y un arreglapiques en el bolsillo derecho. Una bola en el izquierdo y otra en la mano. No veo a nadie. Aparece el starter que me confirma que efectivamente voy a salir solo. No me disgusta. Conozco gente a la que no le gusta jugar solo, pero no es mi caso.

También lo disfruto cuando me toca salir solo al campo. Solo he de tener cuidado en no acelerarme y, si toca esperar, ser paciente. No siempre fácil.

Mas tiempo para reflexionar y disfrutar de un entorno natural. Pienso que, en la mayoría de las ocasiones, no prestamos atención a la belleza del entorno: o bien vamos concentrados al cien por cien en nuestra bola, o bien el paisaje nos resulta tan familiar que dejamos de mirarlo. Y, sin embargo, si nos detenemos un instante, ahí están las vistas: esas composiciones, el contorno serpenteante del camino, las onduladas líneas de las lomas, los caprichosos contornos de los bunkers, las onduladas calles, los colores de las calles con el sol que se abre paso entre las nubes y la niebla, las flores en el maldito rough que tan a menudo visitamos a nuestro pesar, los cielos azules o impregnados de una infinita paleta de grises, los árboles con su cambiante aspecto. Tal vez está aflorando en la espera mi afición fotográfica…, pero sí, entre golpe y golpe, conviene disfrutar de lo que nos rodea… Es un privilegio.

Es cierto que la mayoría de las veces juego acompañado: muchas con mi mujer, otras con amigos, en ocasiones con conocidos y en no pocas con completos desconocidos. Jugar con la pareja suele ser un placer, siempre que sepamos darnos espacio y evitar consejos e indicaciones inoportunas. Con los amigos, también… mientras la competencia no amenace a la amistad. Y con conocidos suele ser agradable, especialmente si hay buenas experiencias previas. 

Jugar con desconocidos es siempre una incógnita. Creo que el golf es uno de los pocos deportes en los que compartes, juegas y convives durante cuatro o cinco horas con personas a las que acabas de conocer. Una experiencia curiosa, siempre especial y distinta, y por ello interesante. 

Recuerdo vueltas con algunos buenos jugadores que firmaron tarjetas al par del campo sin despeinarse y sin sufrir lo más mínimo. ¡Qué gusto, disfrutar de esos golpes espectaculares que ves surgir con esa fluidez natural!

En otra ocasión recuerdo haber jugado un torneo con un jugador de hándicap bajo que inauguró la vuelta con un primer golpe discretito. No estuvo a la altura de sus expectativas y lo subrayó con un oportuno exabrupto. A partir de ahí, y con una encomiable constancia, repitió sus expresiones hoyo tras hoyo hasta llegar al green del 18. Lo curioso es que, pese al incesante repertorio de gestos, comentarios y descalificaciones, ni su swing ni la bola parecieron sentirse interpelados en todo el recorrido. La vuelta se hizo cansina… En cualquier caso, puedo decir que no resulta nada cómodo jugar con un compañero así.

En cambio, me parece admirable cuando un jugador que no tiene un buen día es capaz de sobrellevarlo con dignidad, resignación y calma, al menos de puertas afuera… Claro, llevarlo bien cuando juegas bien, es fácil y desde luego no tiene ningún mérito. Creo que el enfado ante un mal golpe que, sin duda no nos merecemos, está justificado, pero ha de ser con mesura, medido y breve sin dar lugar a espectáculos poco agradables para la compañía. Fácil de decir, pero no siempre fácil de cumplir…

Y al hilo de lo que venía comentando recuerdo el caso de un jugador que, enojado con el golpe de salida, lanzó su driver al aire, con tan mala fortuna que un árbol cercano lo atrapó en su copa y no fue fácil deshacer el entuerto. El lanzamiento de palo es un clásico… ¿quién no lo ha practicado alguna vez? También lo es golpear con el palo la calle o peor aún, el green, dejando huella de nuestro enfado, quizá con la secreta esperanza que la bola, a la vista de nuestra ira, pondrá más atención e interés en el siguiente golpe…

También he coincidido con jugadores que podría calificar como conversadores y que parecen más interesados en la conversación que en el juego. Sin ánimo de criticar a nadie, confieso que no son santo de mi devoción. Prefiero ir pensando en mis asuntos más centrado en la bola y mi tarjeta. Seguramente, y con razón, yo tampoco soy santo de su devoción.

Aunque como decía no me gusta abusar de la conversación, recuerdo con especial cariño una vuelta con un veterano, que ejerció de caddie de jovencito, buen jugador de golf, que logró atraparme con sus historias (algo poco habitual en mi) y en las que trataba de indagar. Me habló de secretos del campo de Valderrama, de su preparación para la Ryder Cup, de su encuentro con Ernie Els y de su relación con Sergio. Aquella vuelta y aquel encuentro permanecen en mi memoria con cariño y agradecimiento.

Otras veces coincides con jugadores que, estoy seguro de que, con su mejor intención, reparten consejos sobre la velocidad con la que estas subiendo o por dónde bajas los brazos, dónde apuntas o cuál es el palo que más te conviene. Será por aquello de “consejos vendo que para mí no tengo” … En alguna ocasión creo que me han resultado de utilidad, pero en la mayoría de las veces únicamente me generan un motivo más de inquietud a añadir al confuso swing que ese día me acompaña. La verdad es que a mí no me gustan, aunque sé que en alguna ocasión con otras personas les han resultado útiles.

Por mi parte, he de confesar que no me siento capacitado para dar muchos consejos y menos para responsabilizarme de sus consecuencias… Así que procuro, primero no indagar demasiado en el swing de los demás, y segundo mantenerme al margen.

Hay jugadores que animan, reconocen un buen golpe cuando corresponde y ves rápidamente que entienden de golf. Mantienen las distancias. Están pendientes de tus golpes, te ayudan, saben dónde estás en todo momento. Cuidan de no pisar tu línea en el green, atienden la bandera… En definitiva, generan buen rollo y verdadero espíritu de golf. Da gusto jugar con ellos, aunque a veces solo coincidas en el tee y en el green.

Realmente parece mentira, pero para mí es muy difícil aislar mi juego de los jugadores de mi partida. Quiero decir que con frecuencia me acaban influyendo para bien o para mal, bien porque me hagan sentir cómodo o incomodo, motivarme o alterarme, porque jueguen muy lento, porque pierdan muchas bolas, porque sean muy pegadores, … Es sin duda, mi problema, pero he de reconocer que me afectan y cuando no lo hacen en la dirección positiva me cuesta mucho aislarme de esos pensamientos…

También he coincidido con jugadores que son ejemplo de saber estar y de respeto al campo, que arreglan sus piques y los de los demás, que mantienen el campo limpio, arreglan las chuletas propias y ajenas, e incluso arreglan y rastrillan las huellas de otros en el bunker. ¡Chapeau! Mi sincera admiración hacia ellos.

Claro, en el campo se ve de todo…, lo mejor y lo peor de cada casa… y 18 hoyos, con sus aciertos, frustraciones, alegrías y sufrimientos dan para mucho y tarde o temprano sacan a relucir nuestro verdadero carácter.

Al hilo de lo anterior me viene a la cabeza la famosa frase “El carácter de una persona se revela mejor en 18 hoyos que en años de conversación”. Creo que la dijo Gardner Dickinson, famoso golfista con 7 victorias en el PGA Tour en los años 60. ¡Cuánta verdad encierra! Sin duda 18 hoyos nos delatan.

Hoyo 17. Par 4. Parece que a medida que avanzan los hoyos se me hacen más largos… 370 metros cuesta arriba. Muy bonito eso sí. Pues nada, de tres en green y con un putt que a punto estuvo de entrar me anoto un bogey.

Este cartel me parece interesante y oportuno. Me gusta como empieza: “Diviértete…” Os lo comparto.

Y para que así conste, doy fe de todo lo anterior con mi tarjeta. 89 golpes. Discreta (hoy no cumplo hándicap), pero el campo no estaba nada fácil… y con tanta divagación…

© Golfista curioso

Publicado 7 feb 2026

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