¿Tú contra quién juegas? El juego mental en el golf
Esta divagación tiene una pequeña historia previa que quiero contaros. Hace unas semanas, Pablo, amigo de SotaPar, web que os recomiendo sin reservas, me propuso escribir un artículo de colaboración para su web, sobre el tema que yo quisiera. Así que me puse con ello, y de ahí salió el texto que tenéis debajo, publicado primero en SotaPar. Como el tema da para releerlo con calma, he decidido colgarlo también aquí en mi web, con algunos retoques, para aquellos que no lo hayan visto en SotaPar. Gracias de nuevo a Pablo y a todo el equipo de SotaPar por la invitación.
Una pregunta que empezó con un paseo
Fue caminando durante una vuelta, en uno de esos tramos entre hoyos donde la cabeza empieza a divagar sola, cuando me hice una pregunta que parecía tonta de puro obvia: ¿contra quién juego yo realmente?
La primera respuesta que me vino fue rápida: “depende”. En un match play, contra mi rival. En un torneo, contra el resto de jugadores. O quizá contra el campo de golf directamente. O contra el viento. O contra esa lluvia fina que se empeña en aparecer justo cuando guardas el paraguas. O contra ese calor de julio que en los últimos hoyos convierte la vuelta en una prueba de resistencia más que de golf.
Cuanto más le daba vueltas, menos me convencía ninguna de esas respuestas. Llevo ya unos cuantos años en esto del golf, y cada vez tengo más claro que, aunque todos esos factores pesan, ninguno es mi verdadero rival. Al menos no el que más cuenta.
Aviso antes de seguir: esto no pretende ser ninguna verdad revelada ni una lección de psicología deportiva (líbreme el cielo). Es simplemente una más de mis divagaciones golfísticas, de las que comparto de vez en cuando porque sospecho que no soy el único que le ha dado vueltas a esto.
Vamos entonces con los posibles rivales… Que hay unos cuantos.
Los rivales habituales pintan menos de lo que parece
¿Tu adversario de match play? Aquí sí, sin duda. Un hoyo tú, un hoyo yo, a ver quién aguanta. Es más, el match play es de las pocas modalidades donde puedes hacer algo directo contra tu rival: la vieja guerra psicológica de siempre. Ese putt de metro y medio que no le concedes, y que tiene que meter con todo el peso del hoyo encima. Psicología pura aplicada al golf.

¿El resto de jugadores de un torneo? También, en cierto modo, al final compites por el mejor resultado, y ese resultado se mide contra las tarjetas ajenas. Pero aquí viene la pregunta incómoda: ¿puedes cambiar en algo lo que hacen los demás? No, ni lo más mínimo. Jugarán lo que jueguen, sin que tú pintes nada en sus tarjetas. ¿Y ellos pueden hacer algo contra ti? Tampoco: apenas ves a dos o tres a lo largo de la vuelta. Ni ellos te afectan a ti, ni tú a ellos.
El campo, un acusado con coartada
¿El campo, entonces? Tercer candidato: ese dogleg que te obliga a decidir, ese búnker puesto con mala idea justo donde cae tu mejor drive, ese green con una pendiente que parece diseñada por alguien que te tiene manía. Y algo de razón hay en pensarlo así: los diseñadores plantean cada hoyo como un reto pensado para hacerte pensar. Si os interesa cómo trabajan, os adelantaba algo en mi reseña de “Golf by Design”, el libro de Robert Trent Jones Jr. sobre diseño de campos. Así que hay quien sostiene que el rival es el campo…

Pues aquí me mojo: a mí no me convence esa idea. Y os explico por qué.
El campo está ahí, esperándote. Acompañándote, más bien. Está para que puedas dar golpes espectaculares, para hacerte pensar, para plantearte retos. Y un detalle que se nos olvida: está ahí para todos por igual. El hoyo 7 no se alarga cuando te toca a ti, ni esconde el búnker cuando pasa el de hándicap bajo, ni el green se mueve cuando tú putteas, por mucho que algunos lo juren. (Si a ti el hoyo se te mueve, sospecho que el problema no está en el green, sino un poco más arriba: en la cabeza).
“El campo me ha podido” o “hoy le he ganado al campo” son frases que suenan estupendamente épicas, lo reconozco. Pero sospecho que, en el fondo, al campo le trae sin cuidado. No celebra tus dobles bogeys ni sufre con tus birdies. Mañana seguirá ahí, impasible, esperando al siguiente. Personificar al campo como rival es un recurso poético muy vistoso, pero como estrategia mental me parece un error: te coloca en modo confrontación contra algo que ni te ve ni te oye.
¿Y el viento, la lluvia, el calor que derrite hasta los grips? Más de lo mismo. No te opongas, no tienes nada que hacer contra ellos. Solo queda aprender a acomodar el juego, el comportamiento y la estrategia a esas condiciones. Y recordar que el viento sopla igual para todos, y la lluvia moja por igual a todo el partido. Jugar “contra” el viento o la lluvia es, sencillamente, inútil.

Recapitulemos: contra el rival de match play, solo cabe la guerra psicológica. Contra el resto de jugadores, nada podemos hacer. Contra el campo, es inútil. Contra el viento y la lluvia, imposible. ¿Nos quedamos entonces sin rival?
No tan rápido. Falta uno. Y para mí es, con diferencia, el más peligroso y a menudo el más descontrolado de todos.
Tú. Mejor dicho: tu cabeza.
El rival que llevas puesto
Sí, como lo leéis: puede que nuestro adversario más temible lo llevamos encima, sobre los propios hombros.
¿Es eso posible? ¿Cómo va a jugar tu cabeza contra ti mismo? Pues por experiencia propia, os digo que sí. Y mucho. Hay días en que la mente, sencillamente, no te deja jugar como sabes. No te deja sacar lo mejor de ti.
La presión aprieta, o el desánimo se instala después de dos hoyos flojos, o te incomodan los compañeros de partido, o no ves el golpe antes de darlo, o no te lo terminas de creer, o no sientes el swing en la cabeza antes de ejecutarlo… Sospecho que más de uno sabrá exactamente de qué hablo: esa sensación de ponerte en el tee sin ver ni creer lo que va a hacer la bola. Mala señal donde las haya.
De ese territorio raro entre creer y saber ya divagué largo y tendido en mi artículo sobre la confianza y la certeza en el putt: cuando la cabeza acompaña, el golpe deja de ser una posibilidad y pasa a ser una consecuencia. El problema aparece cuando ocurre justo lo contrario.
¿Por qué lo llamo el peor rival? Porque lo he vivido: puede ser un lastre que te impide ver con claridad, tener la actitud correcta o el compromiso adecuado y que, en el fondo, frena que tu mejor golf salga al campo. El campo no te quita el swing. El viento no borra tus horas de práctica. Pero tu propio juego mental, cuando se pone en tu contra, sí que lo hace. Te hace perder la perspectiva. Y te puede meter en un hoyo bien profundo, y no me refiero a uno con bandera.
Una cabeza sin botón de pausa
Y aquí está, creo, el fondo del asunto: la cabeza no tiene botón de pausa. Está siempre en play, sonando sin parar. Y si lo que suena no te conviene: el “no la mandes al agua otra vez, como en el hoyo 3”, el “como falle este putt me llevo un doble que no recupero”, entonces sí que hay un problema serio.
¿Mi consejo de aficionado sin ningún título en psicología deportiva? Ante un mal golpe, salta a la siguiente canción. Como en la lista de reproducción del coche: esa ya sonó, ya pasó, se olvida, siguiente. En Spotify es fácil, lo sé…
Dicen algunos psicólogos deportivos que uno de los grandes retos mentales del golf, frente a otros deportes como el tenis, es precisamente el tiempo que tienes para pensar. En el tenis la bola vuelve en un segundo y no hay margen para el debate interno. En el golf, entre golpe y golpe, hay mucho, mucho tiempo. Muchos minutos con la cabeza en marcha. Con lo bueno que eso tiene, y sobre todo con lo malo que supone para la fortaleza mental.
Vale, ¿y esto cómo se gestiona?
Ojalá lo supiera con certeza, la verdad. Así que no os voy a soltar aquello de “consejos doy que para mí no tengo”…
¿Cómo mantener la mente en una actitud estable durante cuatro horas y pico de vuelta? No parece fácil. Ni para nosotros ni, ojo, para los profesionales. Ahí siguen los coaches mentales cobrando sus buenas facturas, que buena prueba dan de ello. Creo que el primer paso es ser consciente del asunto y no dejarse secuestrar por él.
No tengo la fórmula mágica. Soy un jugador aficionado, de a pie, que va tirando como puede y comparte sus reflexiones. Os comparto un par de ejemplos concretos:
El viento. A mí me incomoda. Me hace pensar que el par 4 se alarga, que tengo que forzar para llegar de dos golpes… y la mente se tensa. Noto cómo se acelera el swing antes incluso de sacar el palo de la bolsa. Pero, un momento: ¿por qué tengo que llegar de dos si las condiciones no acompañan? ¿No les afecta esto a todos los que están hoy en el campo? ¿Por qué lo vivo como una dificultad mía, personal e intransferible? La pregunta de fondo es pura psicología golfística: ¿soy capaz de ajustar mis expectativas? Un par 4 con viento en contra puede ser, hoy, un par 5. Y no pasa nada. Un bogey ahí puede ser un gran resultado. ¿Por qué me empeño en conseguir los 36 puntos cuando en realidad el día está para salir encantado con 30? Porque, creo que siempre acabamos jugando contra nuestras propias expectativas. Esa es mi referencia real.
Los compañeros de partido. Hay días que juego con jóvenes que me sacan 50 metros desde el tee, con bolas que parecen llevar otro combustible. Y otros días soy yo quien les saca 30 metros al resto de la partida. Pregunta: ¿qué probabilidad hay de que firme una tarjeta distinta según con quién juegue? Os lo confieso: alta, muy alta. Y pensándolo bien, ¿no es un poco absurdo?. Mi swing es el mío, mis distancias son las mías, y el campo es el mismo campo. Lo único que cambia es lo que mi cabeza hace con lo que ve a su alrededor.
Dos ejemplos distintos que apuntan a lo mismo: el problema casi nunca está en el viento ni en los compañeros. Está en la conversación que mantengo conmigo mismo a cuenta del viento, del campo o de los compañeros.
Lo bueno de los días malos
Todo esto me lleva a otra pregunta que me gusta hacerme al terminar: ¿qué he aprendido hoy?
“¿Hoy? Uf… mejor no haber salido de casa.”

¡Error, craso error! Creo que esos días encierran grandes oportunidades de aprender. Los días malos son la base del crecimiento. Es verdad que no generan confianza, eso no os lo voy a discutir, pero deberían entrenar músculos mentales que los días buenos ni siquiera tocan: la resiliencia, la paciencia, el aguante, el control.
Hagamos inventario de un mal día, a ver qué se puede rascar:
¿Te has enfadado? Ahí va un dato: no has sabido gestionar tus reacciones. Pregunto: ¿Cuánto tardaste en reponerte? ¿Un hoyo? ¿Tres? ¿Toda la vuelta? Ese número dice más de tu juego mental que la propia tarjeta.
¿Juego lento por delante? Ocasión perfecta para entrenar la paciencia. Los profesionales también sufren esperas eternas en momentos críticos de un torneo, con mucho dinero y puntos de ranking en juego, y tienen que gestionarlo igual que nosotros un sábado por la mañana. Has tenido una buena oportunidad para practicarlo. ¿La aprovechaste?
¿Nada te sale? Reinicia y olvida. Como el ordenador cuando se cuelga: apagar, encender, y a empezar de cero en el siguiente tee. Si, ya sé… ¿dónde está el botón de apagado?…
¿Te han afectado los otros jugadores, su ritmo, sus comentarios, sus drives de 250 metros? Apúntalo: gestionar lo que te rodea también es juego mental. Puede que una de las partes más difíciles.
Fácil de decir y de escribir, mucho más difícil de aplicar. Pero, ¿qué es el golf, si no, sino un reto en sí mismo?
Cuando todo sale bien, en cambio, hay poco que aprender, la verdad. Ahí toca simplemente disfrutar.
¿Hoy has ganado o has aprendido?
Cuentan que esa era la pregunta que le hacía su tío Toni al joven Rafa Nadal cuando volvía de los torneos: “¿hoy has ganado o has aprendido?”. Fijaos en la trampa maravillosa que tiene: no existe el día perdido. O te llevas la victoria, o te llevas la lección. Nunca vuelves con las manos vacías.
Vuelta terminada, fin, me olvido, cerveza y a otra cosa. Bueno, si ha ido muy mal, un par de cervezas… por lo de olvidar bien.
No. Espera. Reflexiona un momento. ¿Qué se puede sacar en claro de la vuelta de hoy? Algo habrá, una mala reacción, una decisión equivocada de estrategia, una falta de perspectiva. Algo que merezca la pena tener en cuenta la próxima vez. Siempre, y digo siempre, hay lecciones para la tener en cuenta.

Os cuento una mía, de las que se quedan grabadas. Mi mejor vuelta en el campo norte de la RSHECC fueron 76 golpes. Para mí, de las de enmarcar. ¿Y sabéis cómo empezó? Con un doble bogey en el primer hoyo. Tal cual. Así que ya sabéis qué es lo último que pienso ahora cuando arranco una vuelta con un doble bogey en el primer hoyo: “hoy va a ser un desastre”. Ni se me pasa por la cabeza. Aprendido queda.
Por cierto: estaba yo esbozando el borrador de este artículo cuando me llegó uno espléndido de mi amigo Pablo, con ideas muy alineadas con todo esto y una todavía más potente: el diario de golf, donde ir recopilando lo que cada vuelta te deja para mejorar. Si no lo habéis leído, os lo recomiendo de verdad, es la herramienta perfecta para convertir el “¿qué he aprendido hoy?” en un hábito.
El rival de verdad lo llevamos sobre los hombros
Así que la próxima vez que lleguéis al tee del 1 en modo batalla, parad un segundo y haceos la pregunta del título: ¿tú, contra quién juegas hoy? Porque el rival del match hará su partido, el campo seguirá impasible y el viento soplará igual para todos. Pero hay un adversario que sí depende de nosotros: nuestra propia mente. Y con ese, más que ganarle, de lo que se trata es de conseguir que juegue en nuestro equipo.

Como siempre, esta es una divagación personal, y así os la comparto. Es posible que no coincida con la forma de pensar de todos los lectores, y no pasa nada: el objetivo de estos artículos de opinión es precisamente ese, compartir mi punto de vista particular. El resto de la conversación, como siempre, la ponéis vosotros en el hoyo 19.
© Golfista curioso
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